Experiencia: La bulimia casi acaba con mi vida

Experiencias
Advertencia: esta es una historia real y contiene situaciones y acciones suicidas.

Nunca pensé en llegar a acercarme a la muerte a la edad de 19 años. Durante este ultimo año, experimenté retos que me llevaron a un punto de quiebre. Esos obstáculos me hicieron dudar sobre mi voluntad de vivir. Era una adolescente que sufría de bulimia nerviosa. Empezó como algo inofensivo, pero mientras más pasaba el tiempo, incrementaban mis inseguridades. Me volví osada y un peligro para mi misma. Desarrolle otros síntomas negativos como depresión, ansiedad y aislamiento social con mis amigos cercanos y familia. La situación fue, sin duda, perjudicial e infortunada, pero no me arrepiento de lo sucedido porque aprendí con esta experiencia que mi vida es muy valiosa y debo apreciar inmensamente a aquellos que se preocupan por mi.

Era una adolescente que sufría de bulimia nerviosa. Empezó como algo inofensivo, pero mientras pasaba el tiempo, incrementaban mis inseguridades. Me volví osada y un peligro para mi misma.

El pasado verano, tome la decisión de cambiar mi estilo de vida. Yo era, en general, una persona saludable que hacía ejercicio y comía bien, pero quería mejorar. Decidí que empezar una dieta e ir frecuentemente al gimnasio sería una excelente manera de alcanzar mis objetivos. Cuando empecé a incorporar el ejercicio en mi vida diaria, estaba muy emocionada. Me emocionaban los cambios y la idea de empezar a ver resultados. Las semanas pasaban y yo aún no veía los resultados esperados. A medida que aumentaba mi impaciencia, empecé a sentir disgusto por lo que veía fisicamente en el espejo frente a mí. Cada día, con una expresión de aversión en mi rostro, empezaba a reconocer las partes que no me gustaban de mi cuerpo y me enfocaba estrictamente en esos detalles. Sabía que me tenía que deshacer de esas pésimas características. Cuando me sentaba a comer mi almuerzo o mi cena, no veía un plato de comida, solo veía un montón de calorías y grasa que sabía que dañarían mi cuerpo. Era como si el plato de comida me mirara e inmediatamente sentía una fuerte sensación amenazante. La única razón por la que consumía la comida era porque estaba siempre en la presencia de mi mamá, quien no tenía idea de lo que yo atravesaba internamente. El sentimiento de desespero, culpa y arrepentimiento mientras finalizaba lo que parecía un inofensivo plato de comida era inaguantable. Comer me recordaba lo que se siente ser descubierto en una mentira por alguien a quien amo profundamente. Traté de hacer frente a este problema, pero era imposible, porque al final del día la culpa seguía aferrándose en mi mente. Quería hacer lo que fuera por detener ese terrible sentimiento. Intenté buscar maneras para compensar las calorías que consumía. Eventualmente, hallé la manera de hacerlo, pero no era nada saludable. No alcanzaba a comprender que esto podía potencialmente convertirse en una obsesión que atentaba contra mi salud.

Unas semanas después, la bulimia se apoderó de mi. La bulimia nerviosa es un desorden que atenta contra la vida, caracterizado por episodios de comer en exceso, seguidos por el vómito. Me permití comer lo que se me antojara sin culpas porque sabía que después lo vomitaría. En el fondo de mi mente sabía que estaba cometiendo un terrible error para mi salud, pero mi deseo por alcanzar la perfección era tan profundo que mi salud se convirtió en la última de mis prioridades. Salí a cenar una noche con mi familia e iba al baño con frecuencia. Eventualmente, empecé a hacer esto en casa después de cada comida. Nunca pensé que alguien pudiera encontrar mi secreto, hasta que un día mi mamá me confrontó. En una tarde, luego de haber terminado un episodio de vomito, abrí la puerta del baño y mi mamá estaba ahí parada. Empecé a sudar frío y sentí que mi corazón se saldría de mi pecho, porque supe al instante que ella había descubierto mi secreto. Lloré en sus brazos y le dije que no volvería a vomitar, y ella no volvió a decirme nada  luego de esa noche. Yo sabía que lo que dije era una mentira. En ese momento quise detener mi desorden alimenticio, pero ya se había apoderado de mí. Después de hablar con mi mamá, comencé a sentir un vacío en mi interior y supe que estaba deprimida. Deseaba parar mi desorden desesperadamente, pero me sentía débil. A medida que pasaban los días, traté de volver a ser la persona que era antes de que la bulimia llegara a mi vida, pero había olvidado quien solía ser. Mi novio trató acercarse a mí, pero yo me aislé. Quería ayuda, pero tenia mucho miedo de hablar incluso después de que mi depresión se volvió mas notoria para todos a mi alrededor. Me sentía sola y reemplace a mis amigos con drogas. Tomaba drogas no para alejarme del dolor, sino para sentirlo. Mi desorden alimenticio me hacía sentir como una cáscara vacía. Cuando mis estudios comenzaron, decidí salirme porque ya no tenía ninguna importancia para mi, porque todo lo que me importaba era vomitar y consumir drogas. Llegué a un punto en el que mi vida ya no tenía sentido, y pensé que nunca me iba a recuperar. En el fondo, quería mejorar, pero al mismo tiempo no hacía ningún esfuerzo porque simplemente no me importaba mi bienestar. Me volví osada y mis acciones se volvieron suicidas. Pasé mis días caminando por ahí con cigarrillos y frascos de pastillas. Cada día, atentaba contra mi vida ingiriendo una peligrosa cantidad de pastillas y tragándolas con alcohol, para luego salir en mi carro a manejar. Una noche, a las tres de la mañana, recuerdo haber alcanzado mi límite. Estaba en mi habitación y decidí comer lo que más pudiera. Después de hacer esto, vomité. Así era todas las noches, pero esta vez decidí que era suficiente y que no quería lidiar más con mi desorden y la depresión. Decidí lastimarme más que nunca. Fui a la cocina en completa oscuridad, y me acerqué a la despensa. Cuando mi mano tomó el pomo de la puerta, ya sabía lo que estaba buscando. Busqué en la parte de arriba una bolsa llena de la medicina de mis padres. Después de tomar las pastillas en mi mano temblorosa, fui al cajón lleno de cuchillos. Mientras abría el cajón, inspeccioné las filosas cuchillas y sostuve la que más llamó mi atención en mi otra mano. Con estos objetos, me devolví a mi habitación. En la lúgubre atmósfera de mi habitación, intenté quitarme la vida. Mi intento falló, pero me lastimé a mi misma. Con una sensación de pánico atravesando mi cuerpo, hice la primera cosa que me llegó a la mente y finalmente hice una llamada de ayuda.

Eran las cuatro de la mañana cuando mis padres y mi novio me llevaron al hospital. Sentí la tensión en el ambiente mientras íbamos en el carro y nadie dijo una palabra. Rápidamente, llegamos al Hospital de la Florida en Kissimmee. Me pidieron contar a las enfermeras lo que había sucedido. Debido a mi situación ellos tenían que aplicar la Ley Baker. La Ley Baker, obliga a examinar voluntaria o involuntariamente la salud mental de un individuo. Cuando las enfermeras me explicaron esto, me molesté, pero no había nada que pudiera hacer. Era un peligro para mi misma y necesitaba ayuda. Tuve que pasar la noche ahí mientras esperaba para ser transportada al Hospital Psiquiátrico al siguiente día. Mis padres y mi novio se quedaron conmigo. Por lo que vi en sus rostros, pude deducir fácilmente que estaban conmocionados y devastados con el hecho de que yo hubiera llegado a un punto así en mi vida. La mañana llegó y estaba muy asustada de ser transportada al otro hospital. Justo antes de abandonar la habitación en la que pasé la noche, dije adiós a mis padres y a mi novio. Cuando dirigí una ultima mirada a mi mamá, pude ver las lágrimas formándose en sus ojos y sus labios sellados formando una delgada linea. Comprendí que ella trataba de ser fuerte y no llorar en un momento como este, pero sabía que era yo quién tenia que ser fuerte por ella. Una hora después, la ambulancia que me transportó finalmente se detuvo. Cuando entré al hospital, me sentí muy nerviosa porque esto no era lo que yo quería. Dos mujeres me realizaron una inspección, fuero muy amables y respetuosas en su manera de hablarme. Después de contestar todas sus preguntas, me dieron un uniforme y me vestí, luego me dirigí hacia donde estaban los otros pacientes. Mientras observaba el hospital y los pacientes, sentí miles de emociones en un instante. Me sentía asustada, confundida y extrañaba mi hogar. El hospital tenía una esencia que no reconocía, y los rostros de los empleados se veían poco amables. En cada dirección a la que miraba, había alguien vestido igual a mi. Todos estábamos vestidos en la misma camiseta violeta oscuro y pantalones grises. Uno de los consejeros me dijo que se me permitiría hacer una llamada por día. Después de conocer el lugar por algunos minutos más, me senté en una silla cercana. Algunas mujeres caminaron hacia mi y me contaron un poco sobre ellas. Una de ellas tenía cabello rubio amarilloso , la otra tenía cabello oscuro y una apariencia preocupada en su rostro. Ambas parecían tener alrededor de 40 años. De acuerdo a ellas, les aplicaron la Ley Baker por uso de drogas. Una era alcohólica, y la otra abusaba de la cocaína y la heroína. Recuerdo mucho sus historias porque me ayudaron a darme cuenta de algo importante sobre mi vida. Mientras las escuchaba, supe que ellas habían desperdiciado gran parte de su vida y no había manera de arreglarlo. Sintieron simpatía por mi porque a diferencia de ellas, yo era muy joven aún. Me dijeron que recuperara y construyera mi vida, porque tenía aún todo el tiempo del mundo. Durante mi estadía los siguientes días, pensé mucho en lo que me dijeron, porque sabía que tenían razón. En mi último día en el hospital, tuve una epifanía. Mi estadía en el hospital psiquiátrico me hizo darme cuenta de que tenía toda mi vida adelante de mí, y no podía desperdiciarla. Me ayudó a hacer el esfuerzo que necesitaba para eventualmente recuperarme y sanar mental, espiritual y fisicamente. El hospital psiquiátrico fue aterrador, pero al mismo tiempo no me arrepiento de mi visita a ese lugar. El hospital era todo lo que yo necesitaba para abrir mis ojos y empezar a apreciar lo que tenía a mi alrededor. Mientras pensaba en estos aspectos positivos, esperaba en la recepción a mis padres, porque al fin era el momento de irme. Cuando llegaron, sentí algo en mi interior que no había sentido en mucho tiempo. Por primera vez en meses, sentí felicidad y esperanza. Antes, estaba más que convencida de que no quedaba ya ninguna esperanza en mi. Durante el último día, mi interior se regocijaba con esta alentadora emoción. Cuando llegue a casa, lloré lagrimas de felicidad porque finalmente me sentía tranquila y segura. Las cosas y personas que amo me rodeaban, y me prometí a mi misma jamás dar mi vida por sentada de nuevo. Me preparé para un largo camino de recuperación, excepto que esta vez, puse todo mi esfuerzo. Exactamente un año después, estaba donde quería estar: saludable, fuerte y feliz nuevamente.

Mi experiencia fue difícil y miedosa, pero me convirtió en la persona que soy hoy. A pesar de mi duro pasado, me siento genuinamente agradecida por lo que tuve que atravesar. A pesar de que tome decisiones peligrosas, aprendí muchas cosas de mis errores. Creo que solo me volveré más sabia con el tiempo. Solo tengo diecinueve años y aún tengo muchísimo por a prender, pero ahora sé que enfrentaré mis problemas con la cabeza en alto y sin dudar en mi fortaleza. Aprendí a apreciar la vida que se me ha dado, y a las personas que entraron a mi vida y me ayudaron durante mi larga recuperación.

Valentina, 19

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